jueves 7 de julio de 2011

REVUELTO GRAMAJO

REVUELTO GRAMAJO




Recuerdo que lo estaba esperando. Muchas veces lo había perdido por no conocerlo y la hora del encuentro no hizo otra cosa que hacernos jugar a las falsas escondidas. Hacía tantos años que no lo veía que con una vieja foto que tardó bastante en mandarme pensé que sería suficiente.
Quedamos en encontrarnos en pleno centro de Buenos Aires, en uno de esos lugares tumultuosos, grandes y limpios en dónde dos son sólo dos más o menos en las vidrieras.
Yo entraba por una puerta del bar que hacía de puerto, él salía por la otra. Yo caminaba hasta la esquina y el cruzaba de vereda porque había otro bar parecido.
Nos habíamos escritos bastante por mail adivinando tal vez algún pedacito del misterio del otro y una de las cosas que nos caracterizaba era la puntualidad. El era escritor en serio, yo intentaba serlo. Pensé que citarlo en el corazón de Buenos Aires que era más de la mitad de su corazón, ablandaría un poco la distancia tan grande que la polìtica se había ocupado de poner entre nosotros. Pero la distancia hace estragos, envuelve en mortajas los recuerdos que quieren sostenerse, desdibuja la mejor sonrisa que puede uno guardarse y los pensamientos ya no se saben después de tanto tiempo si han sido la fuerza de uno o uno los ha sostenido para no perder la fuerza en el destierro.
Los dos veníamos de un destierro, el mío un poco más chico porque había estado casi toda la vida sin él, él porque se lo llevaron entero sin dejar siquiera que se le cayera una zapatilla y jamás lo dejaron volver. Hasta hoy, en que no sólo debía de encontrarse conmigo sino con toda la historia que ansiosamente lo estaba esperando. Yo era sólo un eslabón en esa cadena que tanto tiempo lo tuvo prisionero del cuello y de los genitales viviendo en Barcelona. Tuve que usar la palabra genitales porque además de ser bastante impaciente tuvo siempre un valor a prueba de balas. De balas de las de pólvora no de las literales.
Llegamos a encontrarnos en uno de los pasillos. Lo vi primero. Me paré con el corazón un poco más abierto, con el pecho más ancho, abriendo las manos abrazando ese mundo que parecía pertenecernos y sin decir nada, con unos ojos tiernamente dulces, me diò un beso en la mejilla. Dejó sobre la mesa las pocas cosas que traía en las manos y con un tono que no se oye por carta dijo:
- Hola hija, tengo que conocerte de nuevo. Tomó mis manos, las dos juntas, las besó suavemente por un ratito largo. Me alcanzó después de tantos años ese tiempo.
- Yo voy a empezar por un revuelto gramajo, a ti ¿Qué te gustaría comer?
No sè lo que pedi. Quedó todo sobre mi plato.
Me alcanzó con mirarlo, oirlo, respirarlo, saber que estaba igual que la última vez que lo había visto cuando corrigió mis primeros escritos. Antes que Barcelona se lo tragara en pedazos.
Mercedes Sáenz

4 comentarios:

  1. Eres grande, Mercedes. Eres inmensa. Pero qué cosas cuentas! Y cómo sabes contarlas!
    Sigo leyéndote por ahí fuera, todo abajo y a derecho. Y voy con las manos hechas al aplauso.
    Te abrazo con el acostumbrado cariño.

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  2. HAYY Merci que lindo escribís, te mando

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  3. Un gran abrazo...me quedo fuera.

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  4. Una historia llena de recuerdos destilando ternura. Alberto

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