REVUELTO GRAMAJO
Recuerdo que lo estaba esperando. Muchas veces lo había perdido por no conocerlo y la hora del encuentro no hizo otra cosa que hacernos jugar a las falsas escondidas. Hacía tantos años que no lo veía que con una vieja foto que tardó bastante en mandarme pensé que sería suficiente.
Quedamos en encontrarnos en pleno centro de Buenos Aires, en uno de esos lugares tumultuosos, grandes y limpios en dónde dos son sólo dos más o menos en las vidrieras.
Yo entraba por una puerta del bar que hacía de puerto, él salía por la otra. Yo caminaba hasta la esquina y el cruzaba de vereda porque había otro bar parecido.
Nos habíamos escritos bastante por mail adivinando tal vez algún pedacito del misterio del otro y una de las cosas que nos caracterizaba era la puntualidad. El era escritor en serio, yo intentaba serlo. Pensé que citarlo en el corazón de Buenos Aires que era más de la mitad de su corazón, ablandaría un poco la distancia tan grande que la polìtica se había ocupado de poner entre nosotros. Pero la distancia hace estragos, envuelve en mortajas los recuerdos que quieren sostenerse, desdibuja la mejor sonrisa que puede uno guardarse y los pensamientos ya no se saben después de tanto tiempo si han sido la fuerza de uno o uno los ha sostenido para no perder la fuerza en el destierro.
Los dos veníamos de un destierro, el mío un poco más chico porque había estado casi toda la vida sin él, él porque se lo llevaron entero sin dejar siquiera que se le cayera una zapatilla y jamás lo dejaron volver. Hasta hoy, en que no sólo debía de encontrarse conmigo sino con toda la historia que ansiosamente lo estaba esperando. Yo era sólo un eslabón en esa cadena que tanto tiempo lo tuvo prisionero del cuello y de los genitales viviendo en Barcelona. Tuve que usar la palabra genitales porque además de ser bastante impaciente tuvo siempre un valor a prueba de balas. De balas de las de pólvora no de las literales.
Llegamos a encontrarnos en uno de los pasillos. Lo vi primero. Me paré con el corazón un poco más abierto, con el pecho más ancho, abriendo las manos abrazando ese mundo que parecía pertenecernos y sin decir nada, con unos ojos tiernamente dulces, me diò un beso en la mejilla. Dejó sobre la mesa las pocas cosas que traía en las manos y con un tono que no se oye por carta dijo:
- Hola hija, tengo que conocerte de nuevo. Tomó mis manos, las dos juntas, las besó suavemente por un ratito largo. Me alcanzó después de tantos años ese tiempo.
- Yo voy a empezar por un revuelto gramajo, a ti ¿Qué te gustaría comer?
No sè lo que pedi. Quedó todo sobre mi plato.
Me alcanzó con mirarlo, oirlo, respirarlo, saber que estaba igual que la última vez que lo había visto cuando corrigió mis primeros escritos. Antes que Barcelona se lo tragara en pedazos.
Mercedes Sáenz
jueves 7 de julio de 2011
domingo 27 de febrero de 2011
CON GALERA
CON GALERA
Para poder mirar al mundo cómo quiero, tuve que aprender lo que decían las cosas, ahora, ahora no puedo mirarlas cómo quiero, dicen que es parte de la libertad.
Mercedes Sáenz
Pasé por su puerta, (es decir no tiene puerta). Sobre el marco más alto de la única ventana que llega en su parte de abajo a unos cuarenta centímetros de la vereda, hay un número arriba que dice 2311. Siempre creí que eso era una planta baja, pero él dice que es el piso ochenta y que desde ahí no se piensa bajar.
Esa ventana parecía sin él tan sola cómo una de esas calles que se vislumbran sin vida antes de llegar a dónde acaban. Cerrada cuándo el no abría, las cortinas sonreían limpias como las de las abuelas de puntillas y no hacían ruidos las maderas ni las bisagras cuando su pedazo de espacio dejaba que el mundo le entrara a visitarlo cómo si fuera de fiesta...
Nunca salía a hacer compras, no compraba el diario, pero siempre estaba enterado de todo. Varias vueltas manzanas di queriendo buscar otra entrada, pero todos los que vivían allí me habían visto nacer, y juraban que esa ventana era un pequeño depósito (que quedó) cerrado para siempre, cómo parte de una casa que se vendió, con el trato de no abrirla nunca... apenas tres metros cuadrados por una historia siniestra que nadie intentó averiguar ni siquiera para tirarlo abajo.
Yo paso todas las mañanas, no golpeo los vidrios, cómo si supiera mi llegada.
Nadie parece verlo nunca ni a mi tampoco cuándo paso por ahí.
La única vez que intenté llegar (muy despacio,) haciendo el mínimo ruido, en puntas de pie, con esos saltitos de sortear pedacitos de agujeros del suelo, la ventana se abrió como si la hubiera movido un soplido de terciopelo.
Le dejo lo que escribí la noche anterior y a la mañana siguiente me hace una devolución de lo que entregué. Varias veces le pregunté su nombre pero misterioso o terco juega conmigo a que su nombre es lo menos importante. Nunca supe porque me parecía tan inteligente.
Esta mañana en cuánto llegué me recibió de boina negra, mientras me devolvía mis escritos con las correcciones atinadas, cambió su boina por un bombín negro y mientras cambiábamos palabras extrañas en su rutina se puso una galera. Extendió la mano con los papeles y vociferó una fea palabra. No sabe delante de mí quedarse perplejo por la cara que le pongo, es un lado oscuro o desconocido que lleva pegado a él, cómo si a nada reaccionara cuándo no quiere hacerlo.
¿Se acuerda la última vez que la vi? ¿En San Juan?- me dijo
- Sí, usted quería darme unos pocos de la luna, pero no del valle de arcilla, quería sacarle un pedazo de piedra a esa masa luz generosamente prestada.
- Le quiero pedir un favor-suavizó en la voz.
Contesté mi claro más amable.
- Quiero tomar el té, uno bueno.
- Traigo todo, no se mueva.
- Todo no- me aclaró- usamos de bandeja el borde de la ventana. Eso si, por favor los bollos los quiero con crema pastelera.
Obedecí feliz paseando mi rareza de caminar entre todos con cosas en las manos como si nadie me viera.
Los dos de pie, con la ventana asomándose en los cuerpos cómo la borda de un barco, nos mirábamos más a los ojos más que al té sobre la mesa de cemento sin patas.
-¿Por qué se puso galera?
- Para poder hacer una reverencia, una sola, y que quepan allí todos los pensamientos que voy a soltarle, es la pala más grande de sombrero que se me ocurrió. Además me queda bien para despedirme.
¿Y por qué?
-No preguntaste por qué el día en que empezaste a verme.
No vio mi cara cuándo me la tapé con todo el pelo. Era la primera vez que me tuteaba. El pelo es buen telón para la vergüenza.
¿Y a dónde te vas ahora?
- A Córdoba, hay una escritora ahí que necesita un poco de ayuda, está dejando el tiempo que no tiene para ayudar a escritores que no pueden hacer llegar sus letras hacia otros lados. Pero ella sabe escribir, vos estás aprendiendo.
- ¿Y ella va a poder verte?
No creo, voy a tener que llegar a través de uno de sus alumnos, que seguro, seguro, ya sabe que estoy llegando.
¿Y yo me voy nomás?
- ¿De dónde? Si nada te impidió jamás estar en todas partes.
- Gracias por el té.
¿Por el té? -Vociferó dejando bien clarito que no había sido lo importante
Perdón, algunos mandatos con los que se viven…
Me di vuelta con lágrimas que seguro las sabía y me fui rápido a tratar de escribir esto, esto que para nadie era cierto.
A la mañana siguiente una bolsa de papel cartón llena de migas esperaba ocupando muy poco espacio que alguien la pasara a buscar.
Y la ventana, verde y descascarada, con los postigos cerrados acunaba un gato placenteramente al sol.
Mercedes Sáenz
miércoles 8 de diciembre de 2010
SIN SED

SIN SED
un soplido leve
dibuja el oído
en el segundo largo de la noche.
parece
sólo parece
que algo se oyera
y no hay nombre
que rompa
como en el cine
el falso vidrio
de azúcar
estabas casi siempre ahí
invisible
sin adjetivos
desnudo
y sin piel
asomado a mí
con una pipa
jugando
sobre tu boca.
ahora
no hay sed
ni voracidad
en tu nombre
te volviste tiempo
Mercedes Sáenz
martes 16 de noviembre de 2010
LA PALABRA QUE NO EXISTE
A pedido de quién sabe que lo pidió, con todo cariño.
LA PALABRA QUE NO EXISTE
Se mueren delante de ella, se callan solas. La ha buscado sin cansarse y encuentra sombras, dónde había sombras. Aturdida, pone las manos en la cabeza para evitar que la lluvia tape sus oídos. Acaban de decirle que debe dejar que la muerte llegue.
Muerte. Ya se ha muerto otras veces. No de silencio, pero tan finito el límite que se abrazó a un diccionario. No hay palabra amable para la muerte.
¿A quién le dirá? No se anda por ahí diciendo que una está muerta. Ni deben de andar diciéndolo aquellos que creen que aún está viva.
Dónde esconderse, detrás de lo que fue, detrás de alguna conjugación que no quiere hacer ahora. Baila, tal vez la deslizan, por un eterno tobogán que no llega ni al arena ni al agua. Ni al pasto fresco.
Le han pedido que se muera. También le habían pedido que no juegue con la muerte. Con una vez alcanza y sobra.
Igual hizo las compras, atendió su casa y soltó para siempre al perro. No igual cuando se dio el último baño y pensó en su cuerpo.
Las huellas estaban ahí. Nadie podía leerlas ahora.
Las últimas voces, esas que una se cree que se oyen de memoria, apretaban contra el parietal. Parietal, tampoco le gustaba esa palabra. En donde las venas más se sienten siempre hay un pedazo de corazón, sino donde buscarlo.
Ocho nombres propios terminan el diccionario. Del final para adelante sólo queda “zutano”. Breve aclaración de fulano y mengano. Zutana del África oriental. Zutana sola. Sólo queda zutano.
No hay palabra. Sólo nombres propios y el de ella, ni siquiera en la zeta, estaba en el diccionario.
Mercedes Sáenz
LA PALABRA QUE NO EXISTE
Se mueren delante de ella, se callan solas. La ha buscado sin cansarse y encuentra sombras, dónde había sombras. Aturdida, pone las manos en la cabeza para evitar que la lluvia tape sus oídos. Acaban de decirle que debe dejar que la muerte llegue.
Muerte. Ya se ha muerto otras veces. No de silencio, pero tan finito el límite que se abrazó a un diccionario. No hay palabra amable para la muerte.
¿A quién le dirá? No se anda por ahí diciendo que una está muerta. Ni deben de andar diciéndolo aquellos que creen que aún está viva.
Dónde esconderse, detrás de lo que fue, detrás de alguna conjugación que no quiere hacer ahora. Baila, tal vez la deslizan, por un eterno tobogán que no llega ni al arena ni al agua. Ni al pasto fresco.
Le han pedido que se muera. También le habían pedido que no juegue con la muerte. Con una vez alcanza y sobra.
Igual hizo las compras, atendió su casa y soltó para siempre al perro. No igual cuando se dio el último baño y pensó en su cuerpo.
Las huellas estaban ahí. Nadie podía leerlas ahora.
Las últimas voces, esas que una se cree que se oyen de memoria, apretaban contra el parietal. Parietal, tampoco le gustaba esa palabra. En donde las venas más se sienten siempre hay un pedazo de corazón, sino donde buscarlo.
Ocho nombres propios terminan el diccionario. Del final para adelante sólo queda “zutano”. Breve aclaración de fulano y mengano. Zutana del África oriental. Zutana sola. Sólo queda zutano.
No hay palabra. Sólo nombres propios y el de ella, ni siquiera en la zeta, estaba en el diccionario.
Mercedes Sáenz
miércoles 29 de septiembre de 2010
DICEN
DICEN
Es oscura la tarde para verlo salir, camina la costa y como una sombra que ya es, su espalda se perfila contra la luna oscura. Apenas se lo ve.
Hace equilibrio con los brazos para caminar las piedras salpicadas con barro seco, como si Picasso hubiera apoyado las manos alguna vez allí, olvidando su vanidad sin importar si el agua al azar va a llevárselas despacio
El río pasa debajo de sus pies levantando unas pocas ramas que le servirán para el fuego. La única luz que titilará será bajo el puente.
En apenas un rato la mano izquierda acomodará un poco de carne sobre un pedazo de reja y los perros y gatos van a rondar cerca, no se oirán las ratas.
En silencio desnudo los colores indigentes recorren la costa, orgullosos de los dioses de la tierra que los miran y él se sentará a leer un libro en inglés con el sombrero que le tapa hasta debajo de la frente.
Él se viste con los colores de esos dioses y usa la misma la ropa de abrigo y de toalla y de domingo y de noche...
Quise acercarme más de una vez.
De nada sirvió que tardes y tardes escribiera sentada en sus orillas.
Sé que lo que más odia son las bolsas flotando cómo babosas y las botellas de plástico. Varias veces delante de él, creyendo que de alguna manera me miraba, con algún palo largo las saqué del agua con ese gesto de niña de querer hacer las cosas bien porque sus maestros están mirando. Nunca creyó en mi anzuelo mentiroso.
No le conozco la voz, ni la queja, ni el sonido de boca seca con que se espanta a un perro.
Dicen que donó su casa y todo lo que la rodeaba para que construyeran el puente. Que los ingenieros se volvieron marionetas de sus propias teorías porque cierta cantidad de metros no se podían tocar. Y nunca se movió de ahí para cerciorarse de que su mujer, enterrada allí, descansara en paz.
Limpiará el río como pueda todas las mañanas y alguna vez más tratarán de sacarlo porque no es bien visto para los miles de turistas que circulan por aquí.
Dicen, dicen…y él es el protagonista de mi novela y él no sabe, y él no sabe, no me deja hacérselo saber…
Mi novela termina con un cadáver flotando en el río, boca abajo, y jamás se le ve la cara.
Dicen, dicen, que alguien en mi nombre la terminó así.
martes 21 de septiembre de 2010
CONTRASEÑA

CONTRASEÑA
Estamos perdidos, sí ¿no?
Ay Dios, que esto de andar leyendo por todos lados en vez de liberar aprieta. Me cansé de poner contraseñas porque además me aburren, no me las acuerdo, nunca es un nombre o una fecha relacionadas conmigo, son vacas que saltan, guitarras de perfil, tres cuartos de cogote, entonces después escribo una percha en el escote y así no es, tampoco bajo la nuez, palabras en quechua que después no me acuerdo como las escribí, letras griegas que siempre me creo que las sé de memoria porque jugaba con ellas y en la ita, en la thita o en la iota, yo idiota creo, me las confundo siempre!!!!
Las cambio y no sé para qué porque reciba el mail que reciba, ¡¡¡las propagandas del costado me hacen creer que todos los ojos del mundo están sobre nuestras letras!!
No es que las propagandas de los costados aparezcan en el asunto, también son palabras del texto. No sé si imaginarme que una cibernética infernal e infinita puede leer cada vez que repito una palabra y después amablemente devolverme de parte de los que nos hacen creer que si consumimos todo está bien, pero son de cariñosos y persuasivos, si escribo sal de salir o de salero toma las dos formas. Son muy comprensivos….
Si escribo algo poco usual haciendo metáforas disparatosas como escaleras mecánicas, algo aparece ¿me quieren vender una?
Esto de los sitios virtuales son como playas de estacionamiento subterráneas y nocturnas, en espiral y en caracol y siempre hacia abajo. La curiosidad me hace abrir cosas y entonces parece que un gnomo me señalara con el dedo: ¡oye tú! (siempre hablan de tú, hay que respetar) ¿te has fijado el spam? ¿esta casilla puede estar abierta en otro lado?¿has cambiado la contraseña?
Y ahí voy de nuevo inventando frases que después debo hacer un esfuerzo para recordarlas. Ni que decir de los sitios en dónde una vez registrada para participar en algo, pido que me recuerden la contraseña y después resulta que la estoy usando para otra cosa. Amablemente me la mandan y curiosamente con palabras de propaganda que tiene que ver con mi extraña contraseña. No son originales, no son indescifrables, son largas porque me divierto al escribirlas. Una vez escribí “unpiolinqueatounarbol” me gustaba su sentido y su musicalidad pero ver todo eso sin acentos, ay, que duele al ojo. Sucede que me hace gracia que una frase absurda llena de colores y muchas veces a contramano del castellano me permita abrir mis propias puertas y cambiar la cerradura cuantas veces quiera, eso sí, parece que supervisada por los ojos de la cibernética.
Ni que probar palabras en lunfardo o al vesre, sale de allí un rosario tan agradable que puedo reírme de mi un buen rato.
¿Tiempo para esto? No, no lo tengo, pero lo invento, hacerse camaleón, no estar en ningún lado, no ser, perder la verdadera identidad y la individualidad parecen ser el idioma de los que inventaron estas cosas y uno las elige, las usa, nos usan, las aprende moderadamente porque la cabeza da para poco más de lo necesario. Detrás de ellas o ellos están los que saben leer las instrucciones para volar un avión a la velocidad de la luz.
Es rara la sensación de parecer tan conectados, algunos, no es mi caso, con millones de amigos compartiendo pedazos del mundo, momentos, espacios. Momentos irrepetibles en la sensación digo, porque en el archivo pueden quedar hasta que en el espacio, sin oxígeno, pierdan la voz.
Indiscutiblemente, por más cámara, video, fotos, libros y todo cuanto se quiera utilizar podremos estar frente a otro, ver su color, oír su respiración y sus palabras y sentirnos felices sin ser pretenciosos. Pero eso, así.
Se las ingeniarán para que un día lleguen los olores, eso sí con autorización del usuario.
En tanto, nos dejan cambiar, mutar, elegir, compartir la llave que nos prestan, la contraseña.
Se olvidan de la gente que pierde las llaves todo el tiempo…
Mercedes Sáenz
jueves 26 de agosto de 2010
ARCABUCEROS
ARCABUCEROS
Niños que han sido. Nos llenaron de historias. Prolijas, intentando definir el bien y el mal dividieron la vida en ángeles azules, con rizos, tímidas sonrisas y cuerpos en los que no pudiera leerse nada malo a las buenas costumbres. A los otros les pusieron rojo y salientes- no necesitaban casco- y en vez de ágiles trompetas filosos tridentes.
Caminando las calles del norte argentino las iglesias quedan. No apuran la historia. La llave que las abre pude ser de plata y pesar medio kilo. La pila bautismal, mesita de algarrobo de trescientos años, con patas de madera nueva y una pequeña vasija. Eso es todo. Y los ángeles arcabuceros.
- Pinte aquí, niño indio. Qué vamos a ordenarnos. Ustedes los cuerpos, ellos las caras. Si hace falta, el grupo de allá, después de las tortas, se ocupará de las manos. Qué
son ángeles.
-¿Qué son ángeles?
- El ejército de Dios, niño, pero con alas.
Y allí están, detrás de unos vidrios. Atrapados por marcos de cardón, vestidos como los españoles. Las caras no coinciden con el tamaño de sus cuerpos ni el de las manos que sostienen un arcabuz.
Ejército de Dios, les dijeron. Y eran niños.
Mercedes Sáenz
Niños que han sido. Nos llenaron de historias. Prolijas, intentando definir el bien y el mal dividieron la vida en ángeles azules, con rizos, tímidas sonrisas y cuerpos en los que no pudiera leerse nada malo a las buenas costumbres. A los otros les pusieron rojo y salientes- no necesitaban casco- y en vez de ágiles trompetas filosos tridentes.
Caminando las calles del norte argentino las iglesias quedan. No apuran la historia. La llave que las abre pude ser de plata y pesar medio kilo. La pila bautismal, mesita de algarrobo de trescientos años, con patas de madera nueva y una pequeña vasija. Eso es todo. Y los ángeles arcabuceros.
- Pinte aquí, niño indio. Qué vamos a ordenarnos. Ustedes los cuerpos, ellos las caras. Si hace falta, el grupo de allá, después de las tortas, se ocupará de las manos. Qué
son ángeles.
-¿Qué son ángeles?
- El ejército de Dios, niño, pero con alas.
Y allí están, detrás de unos vidrios. Atrapados por marcos de cardón, vestidos como los españoles. Las caras no coinciden con el tamaño de sus cuerpos ni el de las manos que sostienen un arcabuz.
Ejército de Dios, les dijeron. Y eran niños.
Mercedes Sáenz
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